viernes, 9 de mayo de 2014

Que estas líneas lleguen a tiempo




Enrique Pérez Fumero
enriquep@rect.uo.edu.cu


Distancia y melancolía; alegría y dolor; viaje y zozobra, familia y filatelia; reencuentro del pasado y el futuro… tales son las huellas que deja la poesía de Leandro Báez Blanco. 

Su libro Postdatas es una inmensa epístola, escrita con calma, con el elogio a la caligrafía y la pátina del tiempo, entremezclándose con la suerte de otras misivas en un buzón y soportando la acción del matasellos hasta que el cartero la lleve a buen recaudo, a las manos del destinatario.



El lector que reciba estas líneas se hallará en medio de una relación profundamente familiar e íntima. Son poemas que transgreden el papel con sonoridades e imágenes que forman parte de la vida cotidiana: caligramas, hologramas; los rasgos y las huellas; firmas, cuños y estampas, todo un mundo de acciones poéticas que llevan en sí otro mensaje. La experimentación nace del juego y de lo que se lee y se ve más allá de lo que está escrito, de modo que sería útil leerlo por separado para luego someterse a la interpretación unísona de esta postdata.

¿Silencios significativos? Muchos. Hay una historia que comienza en 1913, cuando el ciudadano español Manuel Blanco Montes, bisabuelo por línea materna de Báez Blanco decide hacer su vida e echar raíces en Cuba. Le acompaña Martina Guerrero León y escogen la pintoresca y poética localidad de San Luis. El descendiente de ambos respondió al nombre de José Blanco Guerrero y al contraer nupcias con Caridad del Socorro Ramírez Quesada en 1947, vio la luz en Palmarito de Cauto, la niña Ana Beatriz Blanco Ramírez, quien luego se convertiría en madre de Leandro Báez Blanco. Lo más curioso del texto, es que cien años después, el autor termine con una postdata, decidido a hacer su vida y a echar sus raíces en el mismo origen, en España.

Pero si bien están definidos el comienzo y el final, es en el tránsito hacia atrás y hacia adelante donde se esconde la mayor riqueza. Báez Blanco se escuda a la sombra de su bisabuelo blanco y al igual que Casal, Lorca y Heredia, experimenta la frialdad de la noche para emprender un viaje más allá de los océanos. Pero el papel no marcha solo porque tiene impregnadas las lágrimas y las pasiones.

Ana Beatriz Blanco Ramírez, madre de Leandro Báez
Tantas hiladas
jamás remedarán
nuestra orilla.
Esta línea se escribe
bajo tiros de piedra.

Un gesto
repetido a la nostalgia
cartas de abril
días magros…
La madre confiando
en nuestra piel.

Inténtalo tú,
a ver si retornan
a la extensión
esas pertinencias
lee mis Cartas.



Enormes impresiones
de los que han recibido.
No es vicio
sino lealtad.
Al tope
la estampilla perfecta
el matasellos.

La figura de la madre alcanza aquí una dimensión simbólica y corporativa. A ratos se desentiende, pero su impronta cariñosa es como un viento que refresca, es el estado ideal donde comienza la vida y donde se aprenden los primeros pasos. A la madre está dedicada esta postdata, pero será ella además el motivo de encuentro, la lección aprendida y la rima fácil que se repetía en la niñez.

Hay que retrotraerse al pasado para comprender el origen de esta misiva, que no aparece entre líneas. El autor Leandro Báez, poeta y licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Oriente en 2004, se hallaba en La Habana entre los años 2006 y 2009, mientras se ocupaba de la Vicepresidencia de la Asociación Hermanos Saíz. Con temor a dejar de escribir y con melancolía por sus familiares, fue naciendo este texto. El intermedio entre reuniones, la amistad de sus congéneres y la pasividad de los domingos fueron el caldo de cultivo para comenzar a escribir una epístola que con el tiempo devino el Premio David de poesía en 2013. 

El poeta Leandro Báez en una lectura de su libro Postdatas en CMKC. Foto: EPF
 
Pero Postdatas —publicado por el sello Unión— está cargado de imágenes, de micro y paratextos y de signos lingüísticos, de quien su autor, también profesor de Semiótica y escritor de programas radiales en CMDB RadioSiboney y CMKC Radio Revolución no puede desprenderse mientras escribe.

Para entenderlo, hay que “mirar el dolor y no las llagas”, hay que sentir la complicidad del poeta. Estimado Leandro, ojala que esta carta no llegue amarilla a su destino. Espero que estas líneas lleguen a tiempo.

Ansiábamos
escritos de abril
y no enviaste la sílaba;
solo gemidos
que sostengo en filatelias.

Gracias, mamá,
por tus carencias.
No cometas el error
de mis posdatas.

Ceremonia de entrega del Premio David de Poesía 2013. Foto: Susana Méndez

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