miércoles, 15 de octubre de 2014

El efecto Mariposa en el país de las maravillas





Yánder Castillo Salina
-Estudiante de periodismo-

Nuestros intelectuales más lúcidos siguen advirtiendo en revistas especializadas sobre los peligros de la despolitización para la democracia en un país donde casi todo (por no absolutizar) está politizado.

Mientras, los últimos congresos “arriban” a las mismas conclusiones, se atribuyen errores a problemas descritos hace años y los medios de comunicación son culpados de la “apatía y crisis de valores”, como si pudieran reproducirse por sí mismos. Comisiones de Candidatura “se han extendido” a todos los sectores para garantizar la “legitimidad y representatividad” de los procesos (aunque en algunos no esté regulada en Estatutos, como en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba . Y la inflación literaria en tiempos del consumo cultural no institucionalizado hace parecer una paradoja la meta de nación más culta del mundo.

La realidad demuestra la existencia de fórmulas gastadas: traicionaron confiables, se obviaron a capaces pero no confiables (sobre una base irracional para algunos de medir la confiabilidad), son solo dos ejemplos. Todavía existen los que imbuidos en una especia de paranoia crónica suplantaron los arquetipos del 59 por el efecto mariposa, esencia de la teoría del caos y que es esgrimido muchas veces como justificación ante las nuevas ideas y las discrepancias.

Entre tanto, a mi padre, que quiso ser piloto, pero no sabe hacer más que operar una máquina tipográfica, le aterra la idea de la “disponibilidad”. Él, que mantiene una familia numerosa y una casa a medio hacer, afirma “casi perdido la fe en el delegado de la circunscripción y el director de su empresa”. Él, que cree que su país es maravilloso, como le repetía su madre, la cual no aprendió a leer hasta 1962 y que por cierto, no se llamaba Alicia.

Mis amigos, unos médicos por necesidad, otros humanistas por vocación, ya no corren tras el “conejo del hombre nuevo” que conduce al país de las maravillas. Ellos tienen “memorias del subdesarrollo” (no han visto la película de Titón) porque crecieron con un “periodo especial”; y lamentan ocupar plazas técnicas en una biblioteca pueblerina aunque se hayan graduado de Ciencias de la Información y Sociología. Ellos culpan al bloqueo, a la intríngulis del capitalismo, a los tecnócratas, y a veces, cuando la conversación se pone tensa, aparece la agrupación cubana Buena Fe: la culpa no la tiene nadie.


Algunos de mis amigos, que están en contra del “robo de cerebros”, aclaro, ven su autorrealización en otros horizontes. Los demás buscamos la solución en la simbiosis de los viejos arquetipos (olvidados, tergiversados, parcialmente ignorados, no actualizados o no practicados) con la nueva realidad.

Yo no creo en las “causa externas”, por lo menos en su totalidad. Hoy más que nunca se hace necesaria una re-evolución.

Lo ha dicho el presidente Raúl Castro: “dejémonos de hipocresías”, “de falsas unanimidades”. “Tiene que cambiar la mentalidad”.

La inercia no puede constituir más una vía de escape, ni los nuevos horizontes. Transformar es el acto de amor para que Cuba llegue a ser un país de maravillas.

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